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De acuerdo con la visión más extendida, Franco siempre mantuvo una buena relación con Hitler. Pero el blog 'Cuaderno de Historias' derrumba definitivamente esta teoría.

Las tensiones entre los dos llegaron a ser tormentosas después del histórico encuentro en la estación de tren de la localidad francesa de Hendaya, en frontera con España, en octubre de 1940, insiste el blog citado por el diario español 'ABC'. En la reunión, Hitler exigió una participación activa de Madrid en la Segunda Guerra Mundial. Franco se limitó con prometer el envío de una unidad de voluntarios, la División Azul, y apoyar la invasión de Gibraltar.

La falta de un compromiso firme llevó al líder nazi a idear un plan para desalojar del poder al dictador español. Para septiembre de 1941 el plan ya había tomado una forma más clara. El Führer se reunió en el cuartel general de Rastenburg con Agustín Muñoz Grandes, comandante de la División Azul. Según subraya el blog, durante esta entrevista le propuso claramente al militar español colocarlo al frente de un complot antifranquista. Muñoz saludó la idea. Las causas que motivaron a Hitler a preparar esta operación iban desde su convicción de que la implicación española en la guerra debía ser mayor hasta sus malas relaciones con varios políticos madrileños, como, por ejemplo, el ministro de Asuntos Exteriores, Ramón Serrano Súñer.



Pero el militar no compartía el deseo de Hitler de derrocar a Franco del poder. Desde su punto de vista, era mucho más oportuno que el carismático dictador español se convirtiera en un jefe de Estado de paja, mientras él mismo se situaba como presidente del Gobierno y actuaba en este puesto como el hombre de confianza del Führer.

Sin embargo, Franco resultó ser más eficaz en las maniobras diplomáticas que Hitler. Al conocerse los rumores sobre el supuesto complot, el exjefe del Estado español hizo a Muñoz que volviera a Madrid, lo ascendió al rango de teniente general y lo designó jefe de su Casa Militar, lo que lo dejaba sin mando sobre tropas. Pero Franco fue más allá: le prometió también la cartera de un Ministerio importante en un futuro próximo. Con el tiempo, Muñoz llegaría a ocupar los cargos de ministro del Ejército y, posteriormente, de vicepresidente del Gobierno. En cuanto al plan secreto de Hitler, el tema no volvería a plantearse por falta de un candidato fiable.

Fuente: ABC
Ucrania es la línea del frente en la confrontación entre superpotencias que protagonizan Rusia y EE.UU., mientras que la falta de una arquitectura de seguridad equilibrada en Europa acentúa las tensiones, opina el experto geopolítico Richard Sakwa.

Según el profesor de la Universidad de Kent, en los estudios de política rusa y europea actualmente estamos asistiendo al desarrollo de acontecimientos en dos aspectos.

Por un lado, la UE se está expandiendo, "un proceso que fue considerado bastante benigno en el pasado". Pero este proceso está conectado con el desarrollo de la Asociación Euroatlántica, de la OTAN.

En el pasado las tensiones de las superpotencias se centraron en los Balcanes y desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Hoy en día es Ucrania donde está la línea del frente.

"Ucrania es actualmente los nuevos Balcanes. En el pasado las tensiones de superpotencias se centraron en los Balcanes y desembocaron en la Primera Guerra Mundial. Hoy en día es Ucrania donde está la línea del frente", subrayó Sakwa en una entrevista a RT.



El experto agregó que la única diferencia significativa es la base naval de Sebastopol, situada en la península de Crimea.

"Es de relevancia fundamental para Rusia, que considera a la OTAN como una gran amenaza estratégica", señaló el profesor.

Según él, lo que deben generar las negociaciones entre Rusia, Ucrania, EE.UU. y la UE es la sensación de un nuevo orden se seguridad en Europa, en el que la OTAN debe tener en cuenta las preocupaciones de Rusia, entre ellas sobre la defensa antimisil.

Ante las diferencias existentes en las posturas de Rusia y Occidente, las partes deben dar un paso atrás, cree el profesor.

"El paso siguiente sería convocar una conferencia sobre la seguridad en Europa", dijo.

El experto explicó que, al no haberse celebrado ese tipo de conferencia al final de la Guerra Fría, esta terminó de manera asimétrica.

"Las instituciones de la Guerra Fría en Occidente se ampliaron, mientras que las del Este fueron desmanteladas, y tal asimetría dio pie a la situación actual", relató Sakwa.

Es imprescindible que las partes alcancen compromisos –sostuvo– para formar una nueva organización o una nueva carta de paz y seguridad. En caso contrario las tensiones continuarán.

El experto cree que el diálogo no se debe llevar a cabo bajo la amenaza de violencia, sanciones o coerción.

Fuente: RT
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Entrevista con Pilar Urbano, autora de 'La gran desmemoria'.

El lacónico e intrigante arranque que el Nobel de Literatura Coetzee utiliza en su novela Tierras de Poniente sirve para entender la trayectoria de Pilar Urbano (1940): "Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto. Empiezo, pues". La periodista tampoco puede hacer nada, ni quiere, al respecto: cada libro de investigación que publica se convierte, irremisiblemente, en luminosos fuegos explosivos que alumbran rincones desconocidos de la Historia reciente y provocan sonoras polémicas. 'La gran desmemoria. Lo que Suárez olvidó y el Rey prefiere no recordar', a la venta desde el jueves próximo, no dejará indiferente a nadie, ni a los dos grandes protagonistas, Juan Carlos de Borbón y Adolfo Suárez (éste, desde el más allá), ni a los lectores. Y contribuirá, seguro, a poner luz en aquel ominoso episodio del 23-F, repleto de claves ocultas e historias no contadas. Pilar Urbano las desentraña con la pasión y el atrevimiento de quien se empecina en buscar la esquiva verdad. Adolfo Suárez ya descansa en paz en su morada eterna, la catedral de Ávila. El duque del Olvido. Y el Rey permanece en el Palacio de la Zarzuela, en las mismas estancias en las que, según Urbano, se preparó la Operación Armada contra el presidente Suárez. En esos aposentos donde los artífices del paso de la dictadura a la democracia se pelearon al borde de lo físico, como el libro descubre. El Rey vive sin querer recordar, mientras el fantasma conciliador del gran presidente de la democracia revive en el espíritu de un libro preñado de datos y fuentes.

Tras leer su libro, no me extraña que el Rey y Suárez no quisieran recordar episodios que cuenta.

¿A qué se refiere?

Especialmente a seis encuentros calientes, explosivos, que el Jefe de Estado y el presidente del Gobierno tuvieron el 4, 10, 22, 23 y 27 de enero de 1981. Y el día después del golpe, el 24 de febrero del 81.

Empecemos por el 4 de enero de 1981. Un día antes, en vísperas de la Pascua Militar, el Rey recibe a Alfonso Armada en Baqueira, en La Pleta. Como venía haciendo al menos desde julio de 1980, el general calienta la cabeza a don Juan Carlos, le come la oreja, sobre la situación límite que vive España. Ese día, insisto, dos jornadas antes de la Pascua Militar del 5, día del cumpleaños de su Majestad, le da una «solución de Estado». Le plantea que ya tiene a punto, no un golpe de Estado, sino un golpe de timón, un golpe de Gobierno. Armada, en el que el Rey confía plenamente, ha tenido numerosas reuniones con políticos en activo de todos los signos. ¡Cuidado! No son el búnker. Son políticos de partidos con representación parlamentaria, como el PSOE y Alianza Popular, entre otros.




El gran obstáculo para el Rey para este golpe de timón, por lo que cuenta en su libro, sigue siendo Adolfo Suárez. «No sé cómo quitármelo de encima», exclama durante meses ante diferentes interlocutores.

Efectivamente. Por eso el Rey no espera a volver a Madrid y llama a Suárez, que descansa en Ávila, para que se presente en Baqueira de manera urgente el 4 de enero. A Adolfo le parece rara tanta urgencia, se desplaza a Baqueira en helicóptero. Esa conversación será el primer choque de una serie encadenada en las semanas siguientes. La reunión empieza sin crispación. Poco a poco se va calentando. No hay insultos, pero sí «tuteos». Se hablan claro. El Rey le dice al presidente que, si no hacen algo, los militares se le echarán encima. Don Juan Carlos siempre tuvo miedo a los ejércitos.

El Rey tendría presente lo que Armada le había dicho el día antes.

Sí. El mensaje de Armada fue muy claro: Suárez sobra y es urgente poner remedio a esta situación. El general le pinta al Rey una situación de pregolpe. Le informa de que con Suárez fuera del Gobierno podría armarse un gobierno de concentración nacional que evitaría el golpe militar. Y que desde Fraga a Felipe González están dispuestos a entrar en el Gobierno. Por eso, don Juan Carlos tiene urgencia para que Suárez visualice que sobra. Y lo hace el 4 de enero. Suárez intuye que podría estar en marcha una moción de censura contra él, orquestada por Armada con la ayuda de numerosos diputados, entre ellos, muchos de su mismo partido, que cuenta con 168 diputados.

¿El Rey expone con claridad a Suárez que la solución pasa por un militar al frente de ese gobierno de concentración?
El Rey habla con Suárez de un problema militar y de que Armada puede solucionarlo. Pero no le dice que Armada iría de presidente, sino que podría reconducir la situación. Don Juan Carlos traslada al presidente el panorama apocalíptico militar descrito por Armada, con varios golpes militares en marcha. La realidad es que había sido el propio Armada, con el CESID (Centro Superior de Información de la Defensa, precedente del actual CNI) y el comandante Cortina junto a civiles, políticos, empresarios, periodistas..., quienes habían puesto en marcha el ventilador para crear ese clima de ruido de sables. Se había ido creando un ambiente para que pareciera que antes de que llegara lo peor, un golpe militar puro y duro, lo intermedio, o sea, la Operación Armada, el golpe de timón o golpe de gobierno, sería lo mejor. El Rey le insiste a Suárez que son necesarios remedios extraordinarios. Y cuando Suárez le pregunta que a qué se refiere, don Juan Carlos, tras hablarle de ministros inteligentes, de que la oposición le está tendiendo la mano, de que se olvide de sus sueños de grandeza..., concluye: «Voy a serte franco, con otro hombre en la presidencia». Suárez vuelve destrozado a Madrid. Se da cuenta de que le han encontrado sucesor.

10 de enero de 1981. El Rey se presenta en Moncloa en moto, sin avisar.

Ese día hay una gran gresca entre los dos. El Rey solía llegar de improviso a Moncloa. Con su desparpajo conocido, pedía: «¿Me dais de comer? ¿Ha sobrado paella?». Esta vez la visita no era tan amigable. Quería hablar de una vez por todas con claridad con Suárez. Salen a dar un paseo por los jardines. «Vengo a hablarte de dos asuntos que alguna vez ya te he esbozado, pero hoy quiero resolverlos. Mi viaje al País Vasco y el traslado de Armada a Madrid». La conversación sube de tono. Un testigo me cuenta que el Rey y el presidente gesticulan cada vez de manera más ostensible. Armada, destinado en Lérida, es un tema tabú para Suárez. El Rey quiere traerlo a Madrid, al Estado Mayor, de segundo JEME. Es la bicha para Suárez; sabe que es el hombre destinado a cortarle la cabeza. Es entonces cuando Suárez vaticina al Rey que Armada no es la solución al golpe militar del que el Rey le habla insistentemente, sino el problema.

El Rey piensa lo contrario: tú eres el problema y el otro la solución.

Su Majestad llevaba año y medio oyendo de militares, de empresarios, de banqueros, de algunos obispos, de catedráticos, de gente de distintos sectores sociales, de algunos periodistas, que todo iba muy mal y que había que cambiar el Gobierno y a su presidente. Lo que un banquero, ya en el verano de 1980, en su visita al monarca definió como «cambiar el alambre, pero no los postes». Todos parecían olvidar, empezando por el Rey, que sólo las urnas pueden cambiar al partido gobernante y a su presidente. En realidad fue el 5 de julio de 1980, siete meses antes del 23-F, cuando se produjo un primer anuncio en Zarzuela de que el Rey había decidido entrar en acción.
Sigamos con la visita del Rey a Moncloa.

El Rey, en un momento, coge del codo al presidente. Lo agarra para que se pare. Suárez, según mi testigo presencial, se desembaraza de un tirón. Nada que ver con la foto amable que años después el hijo de Suárez tomaría, con el Rey y el ex presidente, ya enfermo de alzheimer, paseando por el jardín de la casa familiar. «Un momento, no te embales», dice el Rey a Suárez, y éste le contesta: «Me embalo porque sé lo que digo; Armada es un enredador que vende humo, que vende conspiraciones, sediciones, sublevaciones. Y lo malo es que se las vende al propio Rey». Suárez se mantiene en sus trece y se niega a traer a Armada a Madrid. Ahí rompieron.

El Rey ya no controla a Suárez. No puede conseguir ni traer a Armada a Madrid...

Nunca pensó que la persona que él eligió como presidente (julio de 1976) pudiera llegar a este extremo. Él, que muchos años atrás, cuando empezaba a reinar, había dicho a Torcuato Fernández Miranda: «Hombre, yo creía que iba a ser como Franco pero en Rey».

22 de enero de 1981. Suárez está en Zarzuela...

Aquello fue muy fuerte. Suárez subió a Zarzuela como solía hacer en vísperas del consejo de ministros. Lo cuento en el capítulo titulado Suárez, el Rey, un perro, una pistola.... Ya no son desencuentros, ya están a mandoblazos, sobre todo por parte del Rey. «El Rey consulta, escucha y hace caso a cualquiera antes que a mí», se queja Suárez. Don Juan Carlos ve al jefe del Gobierno sin rumbo. Utiliza en algún momento la frase de Abril Martorell, íntimo y fiel colaborador de Suárez: «Eres un arroyo seco», sin un norte ilusionante. Tras combatir en una esgrima de reproches, Suárez espeta al Rey: «Hablemos claro, señor, yo no estoy en el cargo de presidente porque me haya puesto ahí su Majestad». «Lo que no es normal, por muy legítimo que sea, es que yo diga blanco y tú negro. Las cosas han llegado a un punto en que cada vez coincidimos en menos temas», expresa don Juan Carlos. El cruce de reproches crece en grados. «Me temo que empezamos a dar la impresión de dos jefaturas que en lo importante discrepan», dice Suárez. Y recuerda al Rey que es presidente por las urnas, en las que obtuvo 6.280.000 votos (en 1979). «Tú estás aquí porque te ha puesto el pueblo con no sé cuántos millones de votos... Yo estoy aquí porque me ha puesto la Historia, con setecientos y pico años. Soy sucesor de Franco, sí, pero soy el heredero de 17 reyes de mi propia familia. Discutimos si OTAN sí u OTAN no, si Israel o si Arafat, si Armada es bueno o peligroso. Y como no veo que tú vayas a dar tu brazo a torcer, la cosa está bastante clara: uno de los dos sobra en este país. Uno de los dos está de más. Y, como comprenderás, yo no pienso abdicar».
(Pilar Urbano relata que cuando Suárez oye la palabra abdicar, él mismo dice que sería el mayor fracaso de todos sus empeños y que, llegados a este punto, lo mejor es disolver las Cortes para que el pueblo hable, ya que no cuenta con el apoyo del Rey ni con parte de su partido, y sí con la animadversión de la oposición. El Rey le responde que eso sería una locura y que se niega a disolver las Cortes).

¿Plantea el Rey a Adolfo Suárez la dimisión?

En realidad le dice que no puede impedir que dimita, pero que disolver las Cámaras supondría un nuevo parón nacional, con la crisis económica que había. «Aquí lo que hace falta es un gobierno fuerte, cohesionado, que cuente con una mayoría estable y que gestione. Por tanto, no voy a firmar el decreto de disolución». La bronca crece y crece cuando el presidente recuerda al Rey que, según la Constitución, la disolución no corresponde al jefe del Estado y que éste no puede negarse a firmarla.

Con la Constitución como arma arrojadiza...

Y el Rey, entonces, comete una indiscreción al recordar a Suárez que también el artículo 115 advierte que no se podrán «disolver las Cortes si está en trámite una moción de censura». Nadie había hablado de moción de censura. Se le escapó inconscientemente lo que le daba vueltas por la cabeza: una dimisión repentina invalidaría el plan de derrocarle por la vía intachablemente parlamentaria de la moción de censura. Y una disolución dejaría la Operación Armada en papel mojado. Por tanto, el Rey no quería que Suárez dimitiera todavía, ni disolviera las Cortes. Y de manera entre infantil y desesperada le dice a Suárez que no piensa firmar, que se irá de viaje, que se pondrá enfermo... La discusión subía y subía de tono. Llegaron a alzarse la voz con tal rudeza que el perro del Rey, Larky, un pastor alemán, tumbado en la alfombra del despacho real, comenzó a ladrar y, excitado, se arrojó contra Suárez. «Casi me muerde los coj...», me contó Suárez tiempo después. El Rey saltó y sujetó al perro. Más allá de esta anécdota, Suárez le leyó la cartilla al Rey, el hombre que lo había elegido para, juntos, hacer Historia.

23 de enero. El Rey precipita su regreso a Madrid. Está de cacería, pero cuatro tenientes generales se han presentado en Zarzuela.

Cuatro y un almirante. Los tenientes generales Elícegui, Merry Gordon, Milans del Bosch y Campano López, de las regiones de Zaragoza, Sevilla, Valencia y Valladolid. Desde Zarzuela avisan al Rey, que tiene que suspender la cacería. Por cierto, los compañeros de montería se indignan con el Rey porque el helicóptero ahuyenta las piezas. Estos generales están pensando un golpe a la turca. Ya habían enviado una carta a Zarzuela, por el conducto reglamentario, como me dijo el general González del Yerro. Al no obtener respuesta, se presentan en Zarzuela. Entra el Rey, jefe y compañero de armas, y cuando comienzan con la retahíla de quejas, les dice: «Un momento, yo soy el Rey. El Rey reina, pero no gobierna. Decídselo al jefe de Gobierno». Llama a Suárez. En un rato está en Zarzuela. «Realmente estos que hay dentro quieren verte a ti». Y don Juan Carlos se ausenta. Nadie se sienta y Suárez advierte a los entorchados que Zarzuela no es el sitio para hablar; que si quieren, él los recibe en Moncloa, que es la sede del presidente de Gobierno.

Y aparece la primera pistola.

Milans dice a Suárez que por el bien de España debe dimitir ya, cuanto antes. Y es cuando Suárez pide al luego golpista que le dé una razón para ello. En ese momento, Pedro Merry Gordon saca del bolsillo de su guerrera una pistola Star 9mm, se la pone en la palma de la mano izquierda y mostrándola dice al presidente: «¿Le parece bien a usted esta razón? ». El Rey, en la escalera, le advierte: «¿Te das cuenta de hasta dónde me estás haciendo llegar?». Y le reitera que la solución para evitar el golpe militar pasa por un cambio de Gobierno.

Dos últimas fechas para olvidar esta tragedia en las relaciones de los dos parteros de la Transición. 27 de enero, con el golpe en puertas.

Suárez acude a Zarzuela para comunicar al Rey que tira la toalla, que se va. Antes almuerza con los Reyes. Al acabar, suben los dos al despacho. «¿Qué es eso tan importante que tienes que decirme?», inquiere el Rey. «Que me voy, señor. Sí, he pensado muy seriamente que debo irme. Irme y, como decía Maura, que gobiernen los que no me dejan gobernar». El Rey escucha en silencio, sin mover un músculo. Con pose de rey, no de amigo. Asiste, impávido, a la explicación de Suárez, que se queja de tener el enemigo dentro. Él ya sabe, como me dijo años después Sabino, que estaba en marcha una moción de censura movida y encabezada por Armada. Gente de su partido, como Herrero de Miñón, participa activamente. Piensa que con su dimisión podrá desactivarla. Pero Armada se veía ya como presidente de un gobierno de concentración, una operación que comenzó a trazarse en Zarzuela en julio de 1980. Ya hablaremos luego de esto...

¿El Rey no hizo el menor amago pidiéndole que siguiera?

En absoluto. Descuelga el telefonillo interior y llama a Sabino: «Sabino, sube, sube inmediatamente». Cuando llega, don Juan Carlos le suelta: «Sabino, que éste se va». Ni un abrazo, ni un gesto. Como si se sintiera liberado. «¿Qué hay que hacer ahora? ¿Qué pasos? Es la primera dimisión de un presidente en democracia», pregunta al fiel secretario. Punto y final. Al día siguiente, el 28, Suárez lleva la carta de dimisión a Zarzuela. Su publicación en el BOE se retrasa durante semanas. El acto de Suárez de dimitir por sorpresa tiene enormes consecuencias porque deja a los golpistas, militares y civiles, sin argumentos para la sublevación.

Última fecha. 24 de febrero de 1981. Horas después de acabar el secuestro de Tejero. Suárez se presenta en Zarzuela.
Suárez, tras ser liberado, es informado por Francisco Laína de que ha sido Armada quien ha arreglado la liberación de los secuestrados y de que el mismo Armada había estado metido en el golpe hasta las cejas. Ya en Moncloa, se encierra con sus colaboradores directos Arias-Salgado y Meliá, y les pide un informe técnico urgente para revocar su dimisión. La investidura de Calvo-Sotelo, interrumpida por Tejero, se reanudará el día siguiente, 25, a las seis de la tarde. El cese de Suárez aún no se ha publicado en el BOE. «Hay mucho que limpiar, apuntalar, poner coto a los que quieren quitarnos la libertad. Si legalmente puedo, volveré. Eso sí, respaldado por la más Grosse Koalition que pueda constituir», dice a sus íntimos.

Y acto seguido, va a Zarzuela a hablar con el Rey. Por llamarlo cortésmente.
Es el enfrentamiento más duro, durísimo, que Suárez tiene con el Rey. Se lo contó a muy pocas personas recién ocurrido, y 12 años después lo revivía con las mismas palabras. Leo a partir de la página 701 de mi libro: «Arriba, en la puerta, me espera Sabino. Me da un abrazo. Yo se lo tomo. Al que no se lo puedo tomar es al "Otro". Entro en el despacho del Rey. Está vestido de uniforme. Es mediodía. Tiene allí a su perro Larky, el que me atacó la otra vez. Estamos solos, le tuteo.

-Nos la has metido doblada.

-¿De qué me hablas?




-Hablo de que, alentando a Armada y a tantos otros, jaleándolos, dándoles la razón en sus críticas, diciéndoles lo que querían oír de boca del Rey, tú mismo alimentaste el dichoso malestar militar (...) Sabes cómo entre el Guti (el general Gutiérrez Mellado), Agustín (Rodríguez Sahagún) y yo hicimos trigonometría para desplazar al quinto moño a los generales golpistas, a los que tú a la semana siguiente recibías; y cómo me opuse al traslado de Armada.

-Pero ¿tú te das cuenta de lo que dices... y a quién se lo dices?

-Sé demasiado bien a quién se lo digo. Esta situación la has provocado tú.

-Noooo. Al revés, la has provocado tú y la he evitado yo».

O sea, que Suárez acusa al Rey de promover el golpe de Armada.

Para Suárez está clarísimo ya en ese momento que la Operación Armada nace en Zarzuela y que el alma es el Rey: que don Juan Carlos es el muñidor para que Armada sea el presidente de un gobierno de concentración. Incluso que el mismo Rey conocía el Gobierno que el golpista tenía preparado. Un Gobierno en el que, entre otros, Felipe González iba de vicepresidente. En el transcurso de esa conversación con tono elevadísimo, Suárez alaba el comportamiento digno del «pobre Guti, un anciano, cuatro huesos», y critica, en cambio, al «otro», «a gatas debajo del escaño», refiriéndose al presidente a punto de ser investido, Calvo-Sotelo. Pero el clímax de la pelea verbal se alcanza cuando Adolfo advierte al Rey lo siguiente: «Quiero revocar mi dimisión. Traigo un estudio jurídicoconstitucional del proceso...». Y saca el folio del bolsillo y lo despliega ante el Rey. Le anuncia que piensa hacer depuraciones en el Ejército, llegando hasta donde haya que llegar. «Me estás amenazando, so cabrón? ¿Te atreves a hablarme de responsabilidades a mí? ¿Tú... a mí? Mira -le dice el jefe del Estado-, ni tú puedes retirar ya la dimisión ni yo voy a echarme atrás en la propuesta de Leopoldo. ¿Todavía no te has enterado de que ha sido a ti a quien le han dado el golpe? A ti, a tu política, a tu falta de política, a tu pésima gestión. ¿Responsabilidades? ¡Tú eres el auténtico responsable de que hayamos llegado a esto!». El rifirrafe entre los dos continúa y se despeña hasta el punto de que don Juan Carlos le dice: «O te vas tú o me voy yo», no sin recordarle que no podrá formar ningún gobierno de unidad «porque nadie va a querer ir contigo... Políticamente estás muerto. No revoques tu dimisión. No intentes volver. Tienes que saber poner punto y final a tu propia historia». Viéndolo así, en pie, con el uniforme de capitán general y al otro lado de la mesa, Suárez se da cuenta, según él mismo contaba después, de que ese señor imponente que tiene delante es el Rey. «Junto los talones, doy un cabezazo, paso al usted y le presento mis excusas: "Disculpe, Señor, me he excedido"». Larky, el perro, esta vez no atacó al indignado visitante.

Pilar, esto que usted cuenta, desconcertante por la gravedad de las acusaciones pronunciadas por Suárez, así como por las que el jefe de Estado dirige al presidente dimisionario, lo tendrá muy contrastado...

No me hubiese atrevido a escribirlo si no hubiera tenido varios testigos y confidentes de Adolfo Suárez.
(Efectivamente, en el apéndice de notas se citan las fuentes con nombres y apellidos.)

Perdóneme que le insista más sobre sus fuentes, porque la gravedad de su narración lo exige...

Como están documentadas en el libro, no tengo ningún problema. He hablado con decenas de personas, y no una, ni dos, ni tres veces. Algunos de los trances sobre los que escribo me los han ratificado Aurelio Delgado Lito, el cuñado de Suárez e íntimo ayudante, y colaboradores inmediatos del presidente como Antonio Navalón, Eduardo Navarro, Jaime Lamo de Espinosa, José Pedro Pérez-Llorca, Rafael Arias-Salgado, Francisco Laína... Lito me recordaba: «Me acuerdo que eran las cinco de la madrugada, y tú seguías hablando con Adolfo en Galicia, en un hotel, pese a que unas horas después él tenía una entrevista política importante». Suárez era noctámbulo y si por la noche pegaba la hebra en confidencias, contaba cosas, sobre todo a los que nos veía interesados en asuntos como el 23-F, sobre el que yo escribí un libro, Con la venia, yo indagué. Adolfo iba dando pistas, claves. Tengo escrito un capítulo sobre el GAL, que no he incluido en el libro... Adolfo era un hombre de Estado, ante la idea de que por él pudiera sobrevenir un golpe, no lo dudó, se fue; y cuando ocurrían cosas turbias en torno al Monarca y alguien quiso aprovecharse o apalancarse en el Rey, Adolfo saltaba.

¿Quién era más hombre de Estado, Suárez o don Juan Carlos?

Si Adolfo hubiese sobrevivido a todos los golpes morales que le asestaron, podría haber llegado a ser el único candidato a la República capaz de competir con Felipe VI. Aunque su esencia era republicana, hizo una especie de voto de lealtad al Rey desde el republicanismo nato de su padre y de su madre. Creía en el chusquerismo: que desde abajo se puede llegar hasta arriba, si se trabaja; y que un rey tiene que estar sometido a una disciplina constitucional. Déjeme decirle lo siguiente sobre las fuentes de mi libro, con datos que he ido recopilando durante años. Adolfo no ha sido un bocazas ni un voceras, pero en ocasiones se ha desahogado. Sobre todo, no ha querido que la Historia se escribiera mal. Por eso escribió su 'Yo disiento de la sentencia del 23-F'. Él me dijo más de una vez: «No dejes que te equivoquen, Pilar, eso no fue así». Allí, en su despacho de la calle Antonio Maura, en Madrid, hemos tenido conversaciones larguísimas y relajadas, explayándonos con la confianza de la amistad. Con su hija Marian cerca, que le advertía «Papá, papá...» para que no contara de más. Él, con su simpática picardía, decía: «No, aquí con ésta puedo, ésta es del Opus».
Sé que su libro es mucho más que el 23-F y sus circunstancias, que en él habla de episodios llamativos en los prolegómenos de la Transición, como el día en que el Rey se atrevió a echar al presidente Arias, o aquel momento en el que Suárez legaliza el PCE y don Juan Carlos, curiosamente, está en París.

Claro, el libro abarca bastante más, pero usted quiere hablar del 23-F y de sus lados oscuros.

Un poco más. Una aclaración: ¿Qué diferencia hay entre la Operación Armada y el 23-F?

El golpe de Armada, el golpe de timón o de gobierno, presidido por él, tendría que haber acabado en el momento en el que don Juan Carlos comienza a hacer consultas para sustituir a Suárez. Por fin, se decide por Leopoldo Calvo-Sotelo, pero tiene enormes dudas. Tantea a Lamo de Espinosa, a Pérez Llorca, a Rodríguez Sahagún. En realidad, cualquiera menos Leopoldo. Hasta que Leopoldo le soluciona la papeleta. Convence al jefe del Estado diciéndole que él es el hombre de la derecha que busca, bien visto por el empresariado; que sacará adelante el ingreso en la OTAN, el gran marrón del Rey ante los EEUU; la LOAPA para armonizar el tiberio de las autonomías; que tranquilizará a los militares, porque al fin y al cabo su apellido es Calvo-Sotelo. Además, ha sido elegido por el partido, la UCD, que en las elecciones del 79 sacó más de 6.200.000 votos. No hay duda de que la sustitución con Calvo-Sotelo, y no a través del montaje Armada, es constitucional. El Rey ve que puede tener una salida fácil, libre de Suárez, y sin correr tantos riesgos como con Armada; y es cuando abandona la Operación Armada. Estamos hablando del 10 de febrero de 1981, a 13 días del golpe. Hasta ese momento, la Operación Armada no tenía nada que ver con el 23-F. Terminaba ahí.

Pero el golpe se produce.

El 23-F, como le digo, no debería haberse producido. Pero a Armada el Rey le había puesto los patines, y ya no quiere parar. Y se produce el recurso a Tejero, que es un autor por convicción. De hecho,Jordi Pujol y Marta Ferrusola, su esposa, hacen los honores de despedida a Armada, que viene a Madrid desde su destino en Lérida. Los Pujol comentan al general que Calvo-Sotelo será el nuevo presidente, y Armada deja caer un enigmático «ya veremos». Lo está diciendo el día 9 de febrero. En las fechas siguientes, Armada se ve no sé cuántas veces con el Rey: el 10, el 11, el 12, el 13. En la agenda de Armada aparece todo eso pormenorizado. Sabino, que ya se da cuenta de que Armada está lanzado, empieza a cerrarle las puertas de palacio. El día 13 de febrero, el Rey y Armada tienen una conversación tan importante y grave que don Juan Carlos aconseja a Armada que vaya a contarle a Gutiérrez Mellado todo eso de que Leopoldo no es la solución para calmar la división del Ejército. Mellado manifestaría luego que le dieron ganas de detener a Armada por todo lo que le dijo. A partir de ese momento podemos decir que el Rey ya se sacude de las manos el tema Armada y sigue la senda de Leopoldo, con un Gobierno de UCD.

Pero Armada, como usted decía antes, «tiene puestos los patines».

Armada está motivado, Armada quiere ser presidente, ayudado por el CESID con el comandante Cortina al frente de la operación. Si el Rey está o no está en el 23 de febrero, si está enterado o no... Hay cosas llamativas, raras, anómalas. Que los hijos del Rey no vayan ese día al colegio, como tampoco fueron al colegio los hijos de los americanos de Torrejón, que le dijeran al médico de Zarzuela que ese día estuviera en Palacio desde por la mañana, que cierta vedette, Bárbara Rey, declarara, ¡vaya usted a saber si es cierto!, que el Rey la llamó diciéndole, «oye, el lunes, 23, procura no ir a recoger al colegio a los niños, porque puede pasar algo...». Y otras curiosas coincidencias. Igual que no se entiende lo de Osorio diciéndole a Fraga en el Congreso, en pleno golpe, «Manolo, baja y dile a Tejero que llame a Armada». ¿Por qué quiere llamar Osorio a Armada? ¿Qué sabe él? O, también, que de los siete padres de la Constitución, cinco conocieran en qué consistía la Operación Armada y que durante los acontecimientos del 23-F en el Congreso estuvieran relativamente tranquilos en sus escaños, leyendo o prestando sus abrigos a los rehenes de oro.
Leían tranquilamente Gregorio Peces-Barba, Miguel Herrero, Gabi Cisneros, Jordi Solé Tura y Fraga, padres constituyentes, también estaban en la lista de Gobierno de Armada. Al Rey, en cualquier caso, la actuación de Tejero le resultó antiestética, irreflexiva, repugnante por la violencia de los tiros... Eso no era presentable. Lógicamente, yo tengo que pensar que el Rey no estaba en el 23-F; otra cosa es que, bueno, Armada sí que habla con el Rey ese día, aunque luego en los juicios se quiso borrar la interlocución del Rey esa noche. No aparece en las actas, como si se hubiera pasado un típex: en lugar del Rey aparece Sabino.

Lo que queda meridianamente claro en su libro es que la gestación de la Operación Armada, que deriva en el golpe de Estado del 23-F, pasa por Zarzuela.

Sale de Zarzuela y sigue en Zarzuela desde julio del 80 hasta la segunda semana de febrero de 1981. Yo dejo al Rey fuera del golpe del 23-F. Pero sí digo que, si esa noche Armada se hubiese llegado a entender con Tejero, y Tejero le hubiese dejado pasar, como me decía Pablo Castellano, «en esa situación, bajo la amenaza de las metralletas, todos hubiésemos aceptado cualquier solución que no fuese una junta militar». Y mucho más si todo se anunciaba en nombre del Rey, que es como Tejero entró en el Congreso: «¡Paso, en nombre del Rey!».

De hecho en su relato de aquel día pone nombre al Elefante Blanco, la máxima autoridad militar...

Lo dice Sabino. El Sabino de los últimos tiempos, que no estaba gagá en absoluto. Con el que fuera secretario y luego jefe de la Casa Real mantengo unas veintitantas conversaciones, en las que se va viendo su evolución en cuanto a libertad verbal. Sabino va contando cada vez más, sobre todo si tú tienes la mitad del billete; entonces él te completa la otra mitad. Igual que Suárez, tenía un deseo imponente de ser honesto. Si no le preguntabas, no te contaba; pero si le preguntabas, sí te contaba, y te contaba la verdad; yo no sé si toda, pero creo que casi toda...

Hablábamos del Elefante Blanco...

Le pregunté a Sabino por el famoso tema del Elefante, y me confesó que don Juan Carlos metió la pata en el libro de Vilallonga (una biografía del Rey, basada en varias conversaciones con el protagonista), cuando dijo que él «sabía, desde el primer momento, quién era el Elefante Blanco». Suárez también dijo que «sólo dos personas saben quién era el Elefante Blanco, y yo soy una». Si Suárez lo sabía, y desde luego él no lo era, y el Rey también lo sabía, según él mismo le dijo a Vilallonga, y está en la edición francesa y en la inglesa. Ergo... Después, en la versión española eso se corrigió, porque se hubiese tenido que reabrir el sumario del 23-F. El Rey también decía en la primera edición, la francesa, que él habló con Armada varias veces esa noche. En fin, hay un momento en el que Sabino me dice que, en el supuesto de que, tomado el Congreso, Armada hubiera conseguido proponer su Gobierno de concentración, y hubiese sido necesaria la presencia de una autoridad superior al nuevo presidente del Gobierno y que ratificara moralmente su elección, en ese caso... el Elefante Blanco sólo podía ser el Rey.

Me ha sorprendido el papel de Sabino en el arranque de la Operación Armada. En julio de 1980 habla de Armada como presidente alternativo a Suárez; en cambio, el

Porque se dio cuenta pronto de que la Operación Armada desembocaría en una junta militar.

Pronto... o tarde, porque Fernández Campo conoce la Operación Armada desde julio de 1980, en el momento en el que el comandante Cortina, del CESID, expone al Rey cómo tendría que llevarse a cabo el golpe de timón para cambiar a Suárez por un independiente. «Todo dentro de la legalidad», pedía el Rey, según su libro.

Cortina se inspira en la Operación De Gaulle y pretende hacer lo mismo en España, con una gran coalición de partidos que apoyen a un hombre independiente. Plantea dos candidatos apartidistas, como posibles presidentes: un civil, José Ángel Sánchez Asiaín, y un militar, Alfonso Armada. Sabino está convencido de que el presidente en aquella situación tenía que ser militar, y que ese hombre era Armada.

Tres nombres propios más: Carlos Ollero, Jaime Carvajal y Urquijo, y Paddy Gómez Acebo.

Carlos Ollero, catedrático de Teoría del Estado y de Derecho Constitucional, hombre próximo al PSOE, es el encargado de
elaborar un informe sobre la licitud de investir a un candidato extraparlamentario. Había sido senador real. A mediados de agosto de 1980, ese informe llega a Armada, no a Zarzuela o Marivent. Y Armada se lo envía a Sabino para que lo entregue al Rey. Ahí se indicaban dos vías: una, la de la moción de censura, con un candidato alternativo, su propuesta al Rey y la posterior investidura de éste si conseguía los votos de los dos tercios de la Cámara; y otra, no constitucional, por la que el Jefe del Estado, «dadas las graves circunstancias nacionales», propondría a la Cámara un presidente no parlamentario para que fuese investido por los diputados, y que en torno a él se nucleara un gobierno de unidad nacional. Un calco de la Operación De Gaulle, que luego tomaría cuerpo en la Operación Armada.
Ollero era simpatizante socialista y Felipe González también simpatizaba con la movida anti-Suárez...

Tanto que estaba dispuesto a entrar en el Gobierno de Armada. Enmi libro cuento el almuerzo que en el segundo semestre del 80 tieneSabino con Felipe, Peces-Barba y Múgica. Le preguntan sobre los rumores de golpes. Decían saber que, al menos, había dos dispositivos golpistas, el de Tejero con la banda borracha y el de los generales. Según mis fuentes, González dejó claro que prefería esperar a las elecciones, previstas para 1983; pero que, como político con sentido de Estado, estaba dispuesto a meterse debajo del paso, y arrimar el hombro en un Gobierno de concentración que presidiera otro, por supuesto no Suárez. Entonces Sabino se mojó y lanzó en ese almuerzo el nombre de Armada, a lo que Felipe respondió que la figura de Armada, aunque personalmente no lo conocían, podría ser bien aceptada por ellos, por ser quien era.

¿Qué papel juegan en su relato Ignacio, Paddy, Gómez Acebo, hermano de Luis, cuñado del Rey, y Jaime Carvajal y Urquijo?

Paddy Gómez Acebo, duque de Estrada, era presidente del Instituto Gallup en España. El Rey y él se tenían gran confianza. Un día de aquel invierno de 1980, don Juan Carlos le confiesa que la única manera de reconducir la situación de España era formando un gobierno de coalición o de concentración nacional, presidido por un independiente, ajeno al Mundo político, que gobierne con energía, con firmeza. El Rey llama a Sabino para que explique la envoltura legal de la operación y cuando éste acaba, Gómez Acebo, que al principio se quedó bloqueado no dando crédito a lo que estaba escuchando allí, en palacio, por fin suelta lo que piensa: «Lo mío no es una opinión, es una definición: eso se llama primorriverismo, y me permito recordarle a Su Majestad lo que le pasó a su abuelo, Alfonso XIII, al colocar a un general para reconducir la situación de España ». Esa misma tarde, y con idénticos términos, el Rey explica su plan a su amigo y compañero de colegio Jaime Carvajal y Urquijo, que le dice exactamente lo mismo que el duque de Estrada: «Todo eso se parece demasiado a lo que hizo vuestro abuelo nombrando a Primo de Rivera». Jaime Carvajal ha tenido un detallazo de confianza conmigo: me dejó un buen lote de páginas de su diario, muy ilustrativas.

¿Y no le asusta que todas sus fuentes, las vivas, claro, se echen atrás y le desmientan ante la fuerza de sus
acusaciones?

Yo no acuso. Yo investigo e informo de unos hechos históricos que nos conciernen y que estaban desfigurados, tergiversados, mal historiados. Artículo 20 de la Constitución: el derecho a obtener y transmitir información veraz. Siempre puede haber una operación desde el gran poder influyente de la Zarzuela para silenciar mi libro... Más que por decisión del Rey, por celo excesivo de sus edecanes y cuidadores. Sinceramente, yo no he pretendido ir contra nadie. Pero a mi edad no sería honesto ocultar la verdad. Yo pienso que el periodista no sólo tiene que contar historias, tiene que contar la historia verdadera. ¿Entera? No, siempre queda mucho más. No se llega a todo. Entiendo que habría que volver atrás para desentrañar la historia oculta de muy altos protagonistas, con medallas colgadas por tales y cuales acciones, que no las habían merecido porque, sencillamente, ellos no habían sido «los héroes».

¿A quién se refiere? ¿A su Majestad el Rey?

Bueno... la gran desmemoria de Suárez no sólo ha beneficiado al Rey, también a Felipe González, a Osorio, a Fraga, a Herrero de Miñón, a Segurado y a todos los comparsas de la Operación Armada, militares, empresarios, periodistas... Yo he podido poner negro sobre blanco determinados episodios que permanecían brumosos porque he tenido acceso a ciertos documentos, anotaciones y diarios de Armero, de Carvajal, de Eduardo Navarro, del propio Suárez; o porque testigos de primera fila como Martín Villa, Lamo de Espinosa, Arias Salgado, Landelino Lavilla, Santiago Carrillo han querido contarme cómo fue la legalización del PCE, quién estimuló y quién puso palos en las ruedas de la Constitución... Si no, yo hubiese seguido creyendo que el Rey fue «el motor del cambio». Y es cierto que el Rey dio su venia al cambio de la dictadura a la democracia. Él tenía todos los poderes heredados de Franco, y no había Constitución que le constriñese: podía haber dicho que no. Ahora bien, en importantes momentos más que motorizar metió el freno.
Durante la legalización del PCE se fue a París...

Se fue a París. Doy noticias de 11cartas del Rey a Suárez. Sobre esto del medallero no siempre meritado, me rechina escuchar y leer el tópico de que «el Rey nos salvó del golpe». El Rey nos salvó in extremis de un golpe que él mismo había puesto en marcha, no queriendo que fuera un golpe, queriendo una solución fraguada en el Parlamento; pero Suárez le advertía: «¡Esto es un golpe!».

Traiciones, miserias, héroes que, según usted, no lo son... ¡para echarse a llorar!

Sí, también el Rey se echó a llorar en la madrugada del 23 al 24 de febrero. Se narra en 'La gran desmemoria'. Sabino me lo contó varias veces. El Rey ya ha dado el discurso en televisión en la medianoche del 23-F al 24-F. Tejero continúa en el Congreso con sus guardias civiles. De pronto, don Juan Carlos rompe en sollozos. «Sollozaba, recordaba Sabino, como si se le hubiera roto un juguete. No, más que un juguete: el gran juguete, la Corona. Fue un momento en el que el Rey no sabía cómo acabaría aquello, qué reacción militar podría haber, él había tenido muchas conversaciones con gentes diversas, se habían prometido carteras, estaba formado prácticamente un Gobierno... ¿Quiénes iban a callar? ¿Quiénes iban a hablar? ¿Qué se iba a decir...?». Era de madrugada. Todo incierto. Hacía frío físico en la Zarzuela. A las 11 o las 12 de la noche habían apagado la calefacción en el edificio. Es entonces cuando el Rey se pone una cazadora negra, la de piloto, no sé por qué no su guerrera militar con la que había grabado el mensaje. Quizás el subconsciente... En la gaveta de su mesa de despacho tenía una pistola. En aquel momento, según me contó Gómez Acebo, la puso encima de la mesa, y luego se la metió en el cinto.

¿Suárez debería haber sido nombrado Duque del Olvido?

Y de la lealtad. Por no contar los servicios de lealtad que hizo al Rey. Suárez decía que tenía que «proteger al Rey
del Rey mismo», de sus campechanías, de su verbosidad, porque lgún malintencionado podía tirarle de la lengua y grabarle diciendo cosas inconvenientes, incluso peligrosas...

No entiendo.

La historia del Rey y su reinado no termina el 23-F. Podríamos decir que casi empieza otra vez, ¿no? Y empieza, página nueva, con los socialistas, largos gobiernos en los que ocurren muchas cosas en España y en el extranjero con relación a España. Lo insinúo en el epílogo cuando sugiero que alguien quiso blindarse en el Rey tomando precauciones y diciendo: bueno, yo quiero defender al Rey, pero si a mí me tiran al foso difícilmente voy a poder defenderle. En esos momentos hay un patriota que sale a proteger al Rey: Adolfo Suárez.

Sigo sin entender a qué se refiere.

¿Quiere usted que se lo diga más claro? Suárez salió del Gobierno sin Toisón. El Rey se lo concedió muchos años después...

¿Por otros servicios?

Servicios legítimos, legales y patrióticos prestados por Suárez. Y el Rey lo sabe.
Intuyo que lo contará en su próximo libro...

Mire, le estoy hablando de..., pero, por favor, apague la grabadora.

Fuente: El Mundo
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Los augurios son pesimistas: el Parlamento de Crimea invadido por pistoleros prorrusos; sus aeropuertos tomados por soldados vestidos de uniforme ruso; y el avance de camiones y helicópteros militares también rusos. Da la impresión de que nos encaminamos hacia una nueva Guerra de Crimea.

El rumbo que seguirá es previsible. Las tropas rusas, o más probablemente sus representantes crimeas, llevarán a cabo un golpe de Estado para defender los intereses de la mayoría de habla rusa en la península y celebrarán un referéndum para obtener la autonomía de Ucrania. Tal vez volvería a unirse a Rusia, pese a las protestas de sus habitantes tártaros y ucranios. Después, el movimiento prorruso podría extenderse quizá al sureste de Ucrania, cuyas industrias dependen casi por completo de Rusia. El resultado final: pierde Ucrania, gana Rusia.

Era inevitable que Crimea fuera el centro de la reacción contra la revolución ucrania. La península situada en el Mar Negro es la única región de Ucrania que tiene una clara mayoría rusa. Los rusos de dentro y fuera de Crimea llevan más de 20 años -desde que cayó la Unión Soviética- resentidos por tener que someterse al gobierno de Kiev, una situación que es una espina en las relaciones entre Ucrania y Rusia.

El Tratado de Amistad y Cooperación entre los dos países -por el que Rusia ocupa la base naval de Sebastopol, que alquila al gobierno ucraniano- concede a los rusos tantos derechos a la hora de ejercer su poder militar en el territorio vecino que muchos consideran que socava la independencia del país. En 2008, los ucranios dijeron que no renovarían la concesión de la base cuando expire, en 2017. Sin embargo, una gran subida del precio del gas hizo que acabaran cediendo y, en 2010, prolongaron el alquiler de la base a la Marina rusa hasta 2042. Quién sabe qué sucederá ahora.



Desde el punto de vista ruso, lo más irritante es que Crimea formó parte de su país hasta 1954. Hace exactamente 60 años, el 27 de febrero de 1954, Nikita Jruschov regaló la península como si tal cosa a Ucrania (después de 15 minutos de debate en el Presidio Supremo), en teoría para conmemorar el 300 aniversario del tratado de 1654 que unió Ucrania y Rusia.

En aquellos tiempos, la era de "la fraternidad de los pueblos", dentro de la URSS no existían fronteras reales entre las repúblicas soviéticas, cuyos territorios estaban diseñados en gran parte con arreglo a criterios artificiales e incluso arbitrarios.

Desde el punto de vista ruso, lo más irritante es que Crimea formó parte de su país hasta 1954.
Pero la caída del imperio soviético revivió los sentimientos nacionales. Los rusos de Ucrania sintieron que se habían quedado huérfanos con la ruptura de los lazos que unían el país a Moscú, y se aferraron a Crimea como símbolo de su resentimiento nacional.

Crimea tiene una importancia vital para los rusos. Según las crónicas medievales, fue en Jersonesos -la antigua ciudad colonial griega en la costa suroccidental de Crimea, junto a Sebastopol- donde en 988 recibió el bautismo Vladimir, el Gran Príncipe de Kiev, un hecho que supuso la llegada del cristianismo a la Rus de Kiev, el reino del que Rusia heredó su identidad religiosa y nacional.

Después de que los turcos y las tribus tártaras gobernaran Crimea durante 500 años, los rusos se anexionaron la península en 1783. Se convirtió en la frontera que separaba a Rusia del mundo musulmán, la división religiosa sobre la que creció el imperio ruso. A Catalina la Grande le gustaba emplear su nombre griego, Táuride, más que el tártaro, Crimea (Krym). Decía que era el vínculo entre Rusia y la civilización helénica de Bizancio. Repartió entre los nobles rusos, para que construyeran sus grandiosos palacios, las tierras montañosas de la costa sur, de una belleza equiparable a la de Amalfi; se trataba de que aquellos edificios clásicos, jardines mediterráneos y viñedos anunciaran una nueva civilización cristiana en el viejo territorio hereje.

Poco a poco se expulsó a la población tártara, que fue sustituida por colonos rusos y otros cristianos orientales: griegos, armenios y búlgaros. Antiguas ciudades tártaras como Bajchisarái perdieron importancia, y se construyeron otras de nueva planta como Sebastopol, completamente en estilo neoclásico. Las iglesias rusas reemplazaron a las mezquitas. Y se prestó enorme atención al hallazgo de restos arqueológicos cristianos, ruinas bizantinas, cuevas, ermitas y monasterios de ascetas, con el propósito de dejar claro que Crimea era un lugar sagrado, la cuna del cristianismo ruso.

En el siglo XIX, la flota del Mar Negro fue un elemento fundamental del poderío imperial de Rusia. Desde Sebastopol logró intimidar a los otomanos y afianzar el dominio ruso de toda la región circundante, incluidos el Cáucaso y los estrechos turcos para salir al Mediterráneo. El Reino Unido se alarmó. Rusia parecía una amenaza contra sus intereses en Oriente Próximo (la ruta hacia India). La rusofobia se disparó en Europa después de que las tropas del Zar reprimieran la revuelta polaca en 1830 y la revolución húngara en 1848. La prensa británica estaba deseando bajar los humos a los rusos. El emperador recién elegido en Francia, Napoleón III, se mostró encantado de ayudar, en venganza por la derrota ante los rusos en 1812.

Estos fueron los anteedentes de la Guerra de Crimea de 1854-1856, que estalló cuando el zar Nicolás I se enredó en una complicada disputa con los franceses por el acceso a los lugares sagrados de Tierra Santa y emprendió una defensa de los súbditos ortodoxos del sultán en los Balcanes que acabó yéndosele de las manos. Nicolás podría haber evitado el conflicto, pero creía que Rusia tenía razón, y acusaba a las potencias occidentales de aplicar un doble rasero, de intervenir en otros países cuando les convenía y criticar a Rusia cuando lo hacía.

Los británicos y los franceses enviaron sus tropas a Crimea a destruir la base naval. Hubo grandes errores militares, como la famosa Carga de la Brigada Ligera, en la que 600 jinetes británicos cayeron machacados por la artillería rusa en las colinas de Sebastopol. Pero los aliados estrecharon el cerco y, durante 11 meses, los marinos rusos resistieron sitiados en la ciudad --una batalla inmortalizada por Tolstoi en sus Relatos de Sebastopol--, hasta que, al final, tuvieron que ceder la ciudad a las fuerzas aliadas, muy superiores. Su heroico sacrificio se convirtió en un poderoso símbolo emotivo de la resistencia rusa para la imaginación nacionalista.

Sebastopol sigue definiendo su carácter ruso de acuerdo con esa mentalidad de sitio. Los recuerdos de la Guerra de Crimea agitan aún profundos sentimientos de orgullo y resentimiento frente a Occidente. Aunque Rusia terminó derrotada, siempre ha presentado la guerra como una victoria moral. Nicolás I es uno de los héroes de Putin porque luchó por los intereses de Rusia contra todas las grandes potencias. Su retrato está colgado en la antecámara del despacho presidencial en el Kremlin.

Para evitar una nueva Guerra de Crimea, Putin tendrá que ejercer más contención que su héroe zarista. Hay que tranquilizar las emociones nacionalistas. Existen remedios políticos para resolver las profundas divisiones en Ucrania. Si se logra mantener la paz hasta las elecciones del 25 de mayo, el nuevo gobierno ucraniano haría bien en examinar las opciones para federalizar el país, con el fin de otorgar más autonomía a la península. Sin embargo, con Yanukóvich diciendo que las elecciones son "ilegales", hay una gran incertidumbre y, si cuenta con el respaldo de Rusia, pocas esperanzas de que sea posible resolver esas divisiones por medios pacíficos.

Fuente: El País
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El mundo de 2014 tiene "inquietantes similitudes" con el escenario prebélico de hace 100 años: Oriente Medio podría ser el equivalente moderno a los Balcanes de 1914, advierten algunos expertos.

El asesinato del archiduque Franz Ferdinand en los Balcanes el 28 de junio de 1914, fue el detonante de la Gran Guerra. Para Margaret Macmillan, profesora de Oxford y biznieta de Lloyd George (primer ministro británico entre 1916 y 1922), Oriente Medio cumple hoy el papel de la turbulenta región balcánica de hace un siglo. Si Irán desarrolla una bomba nuclear, la región podría convertirse en "una recreación de esa especie de polvorín que estalló en los Balcanes hace 100 años, sólo que esta vez con nubes de hongos" nucleares, escribe la experta en un ensayo para Brookings Institution, uno de los principales 'think-tanks' de EE.UU.

Extremismo, un factor de desestabilización

Entre las concordancias que la realidad actual presenta con la de hace exactamente un siglo, una mezcla similar de los nacionalismos tóxicos de aquel entonces amenaza hoy también con "perfilar a unas potencias internacionales como EE.UU., Turquía, Rusia o Irán que solo protegen sus intereses y los de sus clientes", señala la experta.


En su libro 'The War that ended Peace' ('La guerra que puso fin a la paz') Macmillan, explica cómo los sentimientos extremistas y nacionalistas fueron aumentando en todo el mundo hace un siglo, hasta convertirse en un factor determinante del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Hoy en día "los terroristas islamistas serían los comunistas y anarquistas de entonces" que llevaron a cabo una serie de crímenes en nombre de una filosofía revolucionaria que sancionó el asesinato como vía legítima para materializar su visión de un mundo mejor.

Irresponsabilidad política y financiera

Con todo, las más inquietantes similitudes entre 1914 y el momento actual son la irresponsabilidad de las élites políticas y financieras: "Los hombres de negocios, hoy como entonces, están demasiado ocupados haciendo dinero. Y los políticos siguen jugando con el nacionalismo como lo hacían el siglo pasado", señala Macmillan.

Además, la creencia de que una guerra entre potencias a escala global es impensable después de un período tan prolongado de paz agudiza el peligro de reproducir escenas similares a las vividas 100 años atrás. "Ahora, como entonces, la globalización nos ha arrullado en una falsa sensación de seguridad", concluye la historiadora, quien advierte de la necesidad de estar alerta a los acontecimientos que pueden estar por llegar.
Oriente y el nuevo reparto de roles

Otras teorías también ahondan en la posibilidad de que se repita una situación similar al del inicio de la Primera Guerra Mundial, aunque planteando escenarios diferentes que no sitúan el foco de la inestabilidad en Oriente Medio, sino en el Extremo Oriente. Es el caso del semanario británico 'The Economist', que señala en un reciente artículo titulado 'Mirando atrás con miedo', que EE.UU. sería la Gran Bretaña de la época: una superpotencia menguante incapaz de garantizar la seguridad mundial. Su principal socio comercial, China, ha asumido el papel de la Alemania de entonces, una nueva potencia económica cargada de indignación nacional, que aumenta su poder militar a pasos agigantados. El Japón de hoy sería la Francia del pasado siglo, una "aliada de la potencia hegemónica en retirada y una potencia regional declinante", mientras que el nuevo Sarajevo podría encontrarse en Pyongyang.

Fuente: Independent
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Hace poco se publicó un artículo titulado: "La confesión, el veredicto del jurado demuestra que la CIA mató a JFK."

Aunque sabemos que la CIA estaba en el centro del golpe de Estado contra John F. Kennedy, no todos los detalles han sido resueltos. En concreto, no sabemos todo sobre la cadena exacta de mando, de quien fue la idea, en primer lugar, y que figuras poderosas propusieron o firmaron el asesinato. Y no lo sabemos todo acerca de los niveles de poder relativo de los distintos actores: El OK de quien buscaron, quien estaba dando las órdenes y quién estaba cumpliéndolas, quien hizo el pago, y así sucesivamente.

El doctor Laurent Guyenot cree que la tesis de Michael Collins Piper - que Israel y su sindicato del crimen sionista mundial jugaron un papel importante, si no el principal en el asesinato de JFK - debe ser tomado en serio.

Israel tenía un motivo poderoso. Según un reciente artículo del Jerusalem Post:

"La historia muestra que algunos problemas son tan importantes que incluso el presidente de los Estados Unidos no puede forzar la mano de Israel. El ejemplo más acusado tuvo lugar hace casi 50 años, cuando John F. Kennedy exigió que David Ben Gurion pusiera fin al programa de disuasión nuclear de Israel, que este consideraba necesario para garantizar la supervivencia judía en un mundo muy hostil".

Ben Gurion altivamente rechazó contestar la carta de JFK exigiendo que Israel abandonara sus aspiraciones nucleares. En cambio, él dimitió. Seis meses después, JFK fue ejecutado públicamente. Pocos años después, Ben Gurion consiguió sus armas nucleares... y su ansiada guerra de agresión para robar Jerusalén.

Aquellos que ven a los sionistas como los principales impulsores del asesinato de JFK argumentan que ninguna de las otras facciones anti-JFK tenía un motivo tan abrumadoramente existencial, ni un historial de engaño tan tremendamente irresponsable y de violencia. Sin la participación sionista, los militares de EE.UU., la CIA y el crimen organizado podrían haber empujado contra JFK utilizando otros medios más suaves.



¿Estaban los sionistas realmente en condiciones de poner en marcha las ruedas del asesinato de JFK? Los escépticos argumentan que Israel es sólo una pequeña entidad de ocho millones de personas, por lo que es absurdo imaginar que esté dominando el imperio de EE.UU. o dirigiendo la historia. Sin embargo, los hechos demuestran lo contrario: La pequeña entidad sionista de ocho millones de personas, junto con sus millones de leales fanáticos en todo el mundo, domina claramente la política exterior de EE.UU., y lo ha hecho desde el asesinato de JFK. Parece que el golpe de Estado contra JFK fue un punto de inflexión: Las presidencias de Eisenhower y Kennedy llevaron a cabo políticas exteriores independientes centradas en los intereses de EE.UU., no en los intereses israelíes. Pero desde la masacre de los Kennedy, los EE.UU. han sido un esclavo abyecto de Israel.

¿Cómo pudieron los israelíes haber diseñado un golpe de Estado en Estados Unidos? "Sentencia Definitiva" de Michael Collins Piper, sugiere que el poder del dinero - y la traición del jefe de contrainteligencia de la CIA James Jesus Angleton - son las claves para la comprensión de la verdadera cadena de mando detrás del asesinato de JFK.

James Jesus Angleton fue el enlace de la CIA para el Mossad - y un topo de facto del Mossad. Como Guyenot nos recuerda:

"Profesionales amigos más cercanos de Angleton en el extranjero [ ... ] vinieron del Mossad y [ ... ] era tenido en muy alta estima por sus colegas israelíes y por el estado de Israel, que iba a atribuirle profundos honores después de su muerte."

Como jefe de contrainteligencia de la CIA, Angleton habría "autorizado" el asesinato de JFK, convenciendo a otras figuras de la CIA y a militares de que JFK era un agente conocido o desconocido de los comunistas. Él hizo esto muy probablemente con la instigación de sus amigos israelíes. Una vez que JFK había sido considerado un traidor y un agente enemigo por la contrainteligencia de la CIA, subordinados de la Agencia podrían movilizarse en contra de su Comandante en Jefe.

Después del asesinato, Angleton encabezó una operación de distracción culpando falsamente a los rusos. El Presidente del Tribunal Supremo Earl Warren fue convencido para encubrir la conspiración contra JFK después de que le dijeron que los rusos estaban detrás del asesinato, y que si la verdad salía a la luz, el ​​resultado sería la guerra termonuclear.

Además de tener al jefe de contrainteligencia de Estados Unidos, los sionistas tuvieron otra carta de triunfo en sus planes contra la vida de JFK: El poder del dinero, sobre todo el dinero sucio que alimenta las operaciones encubiertas de la CIA y sus socios de la delincuencia organizada. Michael Collins Piper explica que cuando sigues el "rastro del dinero" tras el asesinato de JFK, nos encontramos con que los sionistas sostienen los cordones de la bolsa.

El Fiscal del distrito de Nueva Orleans, Jim Garrison descubrió que los operadores encubiertos detrás del golpe contra JFK fueron financiados por un banco de operaciones encubiertas llamado Permindex, una filial de un banco suizo propiedad del legendario financista del Mossad Tibor Rosenbaum. Permindex misma era presidida por Louis M. Bloomfield, el jefe del lobby israelí y capo de la familia Bronfman de Canadá. Los Bronfman se han asociado desde mucho con la organización criminal de Meyer Lansky, y son uno de los mayores "poderes del dinero" detrás de Israel.

Así que los sionistas estaban en la parte superior de la pirámide de dinero que poseían los black-ops de la CIA. También poseían los elementos del crimen organizado que participaron en el asesinato.

Resulta que el banco suizo de Rosenbaum no solo estaba financiando las operaciones encubiertas de la CIA, incluyendo el asesinato de JFK, sino que también era el principal medio de blanquear dinero del jefe de la mafia Meyer Lansky. (Lansky era la cabeza de todo el crimen organizado en Estados Unidos, porque él controlaba los hilos del dinero.)

Es revelador que el topo israelí de alto nivel de la CIA James Jesus Angleton haya logrado mantenerse en gran medida fuera de la pantalla de radar de la mayoría de los investigadores del asesinato de JFK, mientras que los chicos de nivel medio como Howard Hunt y William Harvey, y los chicos de bajo nivel como Frank Sturgis y David Sánchez Morales, hayan sido ampliamente ridiculizados por su participación en el asesinato de JFK. Del mismo modo, los jefes del crimen de menor nivel como Johnny Roselli y Sam Giancana fueran eliminados antes de que pudieran dar testimonio ante el Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos - mientras que su jefe, el sionista banquero del crimen Meyer Lansky, viviera hasta una edad muy avanzada.

Y no nos olvidemos de que Clay Shaw, un miembro del consejo de Permindex, fue señalado públicamente y murió relativamente joven, mientras sus jefes sionistas Bloomfield y Rosenbaum se mantuvieron con éxito en las sombras.

Y hablando de "seguir el dinero": Muchos investigadores del asesinato de JFK asumen que la decisión del presidente Kennedy de poner fin al monopolio privado de la Reserva Federal sobre la moneda estadounidense fue uno de los motivos para su asesinato. Tengamos en cuenta, para que conste, que los sionistas tienen un papel desproporcionado en el cartel de la banca que posee la Reserva Federal.

Aunque tenemos pruebas sólidas de que la CIA jugó un papel central en el asesinato de JFK, la evidencia circunstancial que apunta más allá de la CIA es convincente. El libro de Michael Collins Piper "Sentencia Final" hace un caso fuerte de que Israel fue una fuerza principal detrás del asesinato de JFK.

Fuente: Press Tv
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Mientras que muchos están familiarizados con la película de Zapruder, el material de archivo que os mostramos a continuación es menos conocido. Muestra al agente del Servicio Secreto más cercano a JFK aparentemente recibiendo la orden de retirarse momentos antes del asesinato de Kennedy en la Plaza Dealey hace hoy 50 años.

A medida que el narrador describe la escena, el video parece mostrar al agente del Servicio Secreto Emory Roberts de pie y ordenando a Donald Lawton y a Clint Hill, los dos guardaespaldas del Servicio Secreto a cada lado del vehículo presidencial, que se retiren, por lo tanto, impidiéndoles hacer su trabajo como escudos humanos delante del Presidente.

Las instrucciones parecen causar confusión dentro del coche de seguimiento y más notablemente en el propio Lawton, quien parece perplejo de que se le hubiera retirado del vehículo.

El narrador destaca el punto de que tal comportamiento parece chapucero y extraño para una agencia que envía a un equipo de avanzada un mes antes a cualquier lugar con el fin de limar los procedimientos de seguridad.



El análisis sugiere que la ausencia de los guardaespaldas aseguró que quien estuviera disparando a Kennedy no tuviera delante ningún obstáculo y tuviera un tiro limpio. Durante una visita a Tampa cuatro días antes, Lawton fue fotografiado montado en el parachoques trasero derecho de la limusina.

Durante una entrevista en Octubre de 2013 (28:50), Clint Hill, el agente del Servicio Secreto que se veía en el lado izquierdo del coche de JFK (y el que posteriormente corrió detrás del coche y se acercó a Jackie Kennedy), afirmó que Donald Lawton estaba en realidad yendose a almorzar y que él le dijo a los otros agentes, "OK chicos, me voy a comer, tener un buen viaje."

Esta explicación no parece muy plausible, dada la naturaleza de la situación, además del lenguaje corporal de Lawton.

Él se encoge de hombros y claramente estira los brazos tres veces, como algo desconcertado y pidiendo respuestas.


Agentes del Servicio Secreto dijeron que fue el propio Kennedy que había dado una orden cuatro días antes de suspender los guardaespaldas porque quería ser más accesible al pueblo, describiendo a los agentes del Servicio Secreto como "Ivy League charlatans". Sin embargo, el congresista Sam Gibbons, que a menudo viajaba junto a Kennedy, declaró: "Yo iba con Kennedy cada vez que viajaba. No oí nada de tal orden".

¿Qué piensa usted? ¿Representa este video una prueba de que al menos un miembro del Servicio Secreto estaba en el complot para matar a JFK y ordenó una retirada?

Fuente: Infowars
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Un buen artículo de Julio Martín Alarcón para El Mundo.

El Lincoln negro se desliza, casi al mismo ritmo de la carrera de una persona. Va totalmente descapotado, lo que, unido al soleado día en Dallas (Texas), ofrece una estampa inmejorable. Son las 12.30 del 22 de noviembre de 1963.

En la acera que está enfrente de Dealey Plaza, Abraham Zapruder graba toda la escena para estrenar una cámara Super 8 mm que acaba de adquirir. Casi cuando la limusina del presidente se acerca hasta su lugar, la imagen que graba se desenfoca brevemente. Primera detonación. «Oí lo que supuse que era un disparo de rifle. Pensé que procedía de detrás de mí, por encima de mi hombro derecho», recordaría el gobernador de Texas, John Connally, que iba en el coche con su mujer, sentado en la segunda fila de las tres del vehículo. La bala se pierde y golpea en el pavimento.

Segundo disparo. La Super 8 de Zapruder recoge poco después nítidamente el gesto del presidente llevándose las manos al cuello con signos de ahogo y dolor en el rostro. «¡Han disparado a mi marido!», grita Jacqueline. En el asiento de enfrente, el gobernador John Connally parece que tampoco se encuentra bien, está ladeado y también visiblemente dolorido. «Dios mío van a matarnos a todos», exclama, ya empapado en sangre, después de que una de las balas le alcance por la espalda y le salga por el pecho.

Entre la primera detonación y la segunda transcurren apenas cuatro segundos. Todo ocurre muy rápido. Jacqueline intenta en ese momento ayudar a su marido, que sigue ahogándose, mientras el coche avanza todavía bastante lento. Por su parte, el gobernador y su esposa están ya recostados sobre su asiento para evitar la línea de fuego: «Tiré de mi marido hacia mí para protegernos. No vi nada más, solo escuché los disparos».

Unos tres segundos después de la primera reacción del presidente, según el metraje de la cinta Zapruder, una nueva bala impacta brutalmente contra la cabeza de John. Jacqueline, horrorizada, grita entonces: «¡Mi marido está muerto. Tengo su cerebro en mis manos!», mientras intenta salir del coche trepando por la parte trasera. En ese instante, Clint Hill, un agente del servicio secreto, se encarama al coche por detrás y evita que Jackie, fuera de sí, salga del Lincoln.



Solo unos instantes después, el vehículo sale de Dealey Plaza y del objetivo de Zapruder. Varias versiones se pueden ver ahora en internet accediendo simplemente a Youtube.

La pregunta clave: ¿cuántos disparos hubo? La Comisión Warren, que investigó el magnicidio por orden del nuevo presidente, Lyndon B. Johnson, y denominada así porque la presidió el juez del Tribunal Supremo James Earl Warren, dictaminó en 1964 que fueron tres disparos —dos certeros, el segundo y el tercero—, todos obra de un tirador, Lee Harvey Oswald, que actuó solo y era un desequilibrado. Caso cerrado. O no. En 1976, un Comité de la Cámara de Representantes lo reabrió. Tres años después, concluyeron que hubo cuatro disparos, probablemente dos tiradores y, por tanto, una conspiración.

¿Con quién lo hizo entonces Oswald?

Tras el tiroteo, el Lincoln abandonó, ya sí, a toda prisa el lugar. «El resto del camino fui abrazada a John, sujetándole la cabeza para impedir que se le saliera el cerebro», relataría más tarde la esposa del presidente. Después de una frenética carrera, JFK y el gobernador de Texas son sacados del coche a la puerta del hospital Parkland. Aunque no había ninguna esperanza, los doctores James Carrico y Malcom Perry, los primeros en atenderle, por ese orden, no dudaron en intentar lo imposible. Para reavivar el pulso y la respiración decidieron practicarle una traqueotomía aprovechando la herida de la bala en la garganta de Kennedy, la única visible, además del espantoso destrozo de la cabeza. Fue inútil, porque aunque le hubieran devuelto las constantes tenía medio cerebro fuera del cráneo y ya no existía actividad neuronal, como comprobaría el neurocirujano Kemper Clark. Alrededor de 40 minutos después, se abandonó todo intento y se consensuaron las 13.00, hora de Dallas, como el momento de defunción de JFK.

Orificio de entrada, no de salida

Lo que no podían imaginar entonces James Carrico y Malcom Perry es que con la traqueotomía acababan de borrar una de las huellas clave para la autopsia. Tras la defunción del presidente, los doctores del Parkland dieron una rueda de prensa para informar sobre lo acontecido. En ella Malcom Perry afirmó que la herida de la garganta, que sólo él y Carrico pudieron examinar durante un breve lapso, era el orificio de entrada de una bala y no el de salida.

En ese mismo instante, el cuerpo del presidente volaba hacia el hospital de la Marina en Betsheda, Maryland, para practicarle la autopsia, después de un breve altercado entre el Servicio Secreto y el personal del Parkland, que insistió en hacerle la autopsia allí mismo, como establecían las leyes del estado de Texas.

La versión de los doctores del Parkland era relevante porque fueron los únicos médicos que observaron la herida antes de la traqueotomía, y resultaría más tarde problemática para el FBI, puesto que no encajaría con un caso que prácticamente tuvieron cerrado en menos de 24 horas. La policía de Dallas había detenido al supuesto autor, Lee Harvey Oswald, una hora y media después del tiroteo. Encontraron el arma homicida, un rifle Manliccher Carcano de cerrojo, en la misma sexta planta del edificio de Dallas desde donde se efectuaron los disparos. Poco después se comprobaría que lo había comprado Oswald con un nombre falso y que sus huellas estaban en el arma.

Varios testigos afirmaron haberle visto en esa planta instantes antes del tiroteo y, además, fue el único empleado que huyó tras el atentado. Apenas una hora después de los disparos, a las 13.30, fue interceptado en la calle por un policía de Dallas, J. D. Tippit, prácticamente al mismo tiempo en el que los doctores del Parkland daban su célebre rueda de prensa.

Oswald mató a Tippit con un revólver, como declararían varios testigos y huyó hasta un cine donde fue detenido. Fue en un tiempo récord, las pruebas contra él eran evidentes, el caso parecía estar suficientemente claro. Sin embargo, Arlen Specter, el ayudante del fiscal que interrogó a los doctores Carrico y Perry como asistente de la Comisión Warren, responsable además de la teoría de la bala solitaria, tuvo que hacer encaje de bolillos: la herida en la garganta de Kennedy, debajo de la nuez, tenía que ser un orificio de salida, sencillamente, porque Oswald disparó desde el sexto piso del almacén, detrás del presidente, y no delante de él. La apreciación de los médicos echaba por tierra esa posibilidad.

Les interrogó haciéndoles saber las evidencias que tenían contra Oswald:

— «¿Teniendo en cuenta su apreciación de la herida de la garganta podría decir si era un orificio de salida o de entrada?».

A lo que ambos doctores, por separado, contestaron que teniendo en cuenta lo que habían visto, podía ser tanto de entrada como de salida.

La respuesta siguió sin ser suficiente para Specter, que insistió:

— «¿Sabiendo como saben ahora que sólo se disparó un arma desde el sexto piso del almacén de libros — seguido de una detallada explicación de la teoría de la bala mágica— podrían decir que la herida del presidente era un orificio de salida?».

A lo que Carrico y Perry acabaron contestando que sí, que en ese caso, podría ser un orificio de salida...

El testimonio de los médicos del Parkland, más allá de las posibles evidencias forenses, indica, sobre todo, la forma en la que actuaron los investigadores de la comisión y los agentes del FBI durante los meses en los que reunieron pruebas para el esclarecimiento del asesinato: más que trabajar para recabar información relevante, lo hicieron para consolidar la versión del único sospechoso: L. H. Oswald, establecida en las 24 horas después del asesinato.

Discriminaron los testimonios de los testigos que afirmaron oír disparos desde la valla de madera en el montículo del Grassy Knoll, enfrente del coche en el que viajaba el presidente, un emplazamiento totalmente diferente del de la ventana del sexto piso del almacén de libros de Dallas. En algunos casos incluso los alteraron, según denunciaron a la prensa años más tarde personas como Lee Bowers.

Es improbable, cuando no imposible, afirmar que tantos agentes del FBI, los que interrogaron a los testigos, los encargados de hacer las pruebas de balística con el rifle de Oswald... En definitiva, que un equipo que involucró a más de un centenar de miembros de su personal estuviera implicado en una conspiración.

Oswald, el tirador solitario

Sin embargo, lo que es indudable es que se respaldó desde el minuto uno la versión del tirador solitario, L. H. Oswald, que fue asesinado, además, sólo dos días después del magnicidio, mientras las cámaras de televisión retransmitían en directo a todo el país su trasladado desde la comisaría central de Dallas. Su asesino, Jack Ruby, dueño de un local nocturno de la ciudad, dijo haberlo hecho para ahorrar el mal trago de un juicio a la viuda Jackie Kennedy y para «redimir» a la ciudad de Dallas.

Lo más llamativo no fue que Ruby pudiera colarse con un arma delante del asesino del presidente sino que, en su mayoría, el país aceptara la conclusión presentada por la Comisión Warren en septiembre de 1964, en la que se estableció que Oswald había actuado solo disparando tres balas desde el sexto piso —que coincidían con los tres casquillos hallados en el almacén— y que Ruby no había matado a Oswald con el objeto de silenciar una posible conspiración.

Sólo dos años más tarde, en 1966, algunos periodistas e investigadores privados decidieron hincarle el diente a los 26 volúmenes que había presentado la Comisión Warren con las evidencias sobre las que se basaban sus conclusiones. Comenzaron a aparecer los críticos y los teóricos de la conspiración. Toneladas de papel y tinta se han vertido desde entonces desautorizando las conclusiones de aquella primera Comisión, sobre todo la teoría de la bala solitaria de Arlen Specter.

La única investigación de relevancia durante los 60 la llevó a cabo Jim Garrison, fiscal del distrito de Nueva Orleans, que encontró lazos entre Oswald y el movimiento anticastrista, a través de tres oscuros personajes: David Ferrie, Guy Bannister y Clay Shaw. Su testigo estrella, David Ferrie, que reconoció haber tratado con Oswald y pertenecer a un grupo anticastrista, se suicidió antes de subir al estrado; Bannister, un ex oficial del FBI involucrado en oscuras tramas había muerto unos años antes, y Shaw, previsiblemente, salió libre de toda sospecha de haber conspirado para matar a Kennedy en 1968. El caso se olvidó hasta que Oliver Stone lo rescató para su película 'JFK, caso abierto', en 1991.

Sin embargo, Garrison había entrado en terreno pantanoso cuando descubrió los posibles lazos de Oswald con los anticastristas. No en vano, su senda probaría ser la más transitada, ya que poco a poco todas las investigaciones documentadas sobre el asesinato de Kennedy, aunque de diferente signo, acabarían llevando casi siempre al mismo nudo gordiano: Cuba y las relaciones con EEUU.

Desde las operaciones de la CIA contra Castro y las de la propia Mafia, hasta una combinación de ambas. La Cosa Nostra se había quedado sin su centro recreativo de juego y lavado de dinero tras la revolución del líder cubano y la expulsión del dictador Juan Fulgencio Batista. La CIA había perdido, a escasos kilómetros de su país, un territorio que acabaría siendo aliado de sus enemigos soviéticos.

El telón de fondo estaba claro: primero el escándalo en 1961 de Bahía de Cochinos, un plan de invasión de Cuba por parte de rebeldes anticastristas a los que el director de la CIA, Allen Dulles, había dado apoyo con el objetivo de derrocar a Castro. El plan se gestó durante el último año de Eisenhower y aunque Kennedy lo autorizó, acabaría prohibiendo el indispensable apoyo aéreo de EEUU a los rebeldes. La invasión resultó un fracaso y la posición de EEUU, a pesar de los intentos de Kennedy, quedó comprometida. Allen Dulles, que formaría parte de la Comisión Warren, fue cesado.

En segundo lugar, y más crucial, fue la Crisis de los Misiles de Cuba con la URSS en octubre de 1962. Tras 13 días de tensa negociación en los que la temida Guerra Nuclear fue una realidad por las instalaciones de bases de misiles soviéticos en Cuba, JFK conjugó la amenaza firmando un pacto secreto con Kruschev. Consistió en ceder las bases de misiles en Turquía al tiempo que se comprometió a que EEUU no intentaría jamás derrocar a Castro. Los rusos por su parte, retiraron los misiles de Cuba.

El caso Kennedy dio un vuelco a partir del escándalo Watergate. Las mentiras de Nixon, el espionaje al Partido Demócrata y la dudosa financiación de su comité para la reelección encendieron todas las alarmas del país. La puntilla la puso la CBS, cuando en 1975 emitió por primera vez en TV para todo el país la cinta Zapruder, la hasta entonces enigmática grabación de Super 8 mm.

La grabación de Zapruder

La cinta sólo la habían podido ver los investigadores del FBI, la Comisión Warren y algunos periodistas e investigadores elegidos que tuvieron acceso o bien a la copia que compró esa misma mañana la revista 'Life' —y de la que sólo había publicado unos fotogramas en blanco y negro— o bien a la que le fue entregada al fiscal Jim Garrison, que la filtraría a algunos investigadores privados tras el fallido juicio en Nueva Orleans.

Coincidencia o no, el destino había querido que fuera Gerald Ford, uno de los miembros de la originaria Comisión Warren, quien tuviera que lidiar de nuevo con la muerte de JFK. Ford, vicepresidente de Nixon, había heredado los jirones de la presidencia tras el escándalo Watergate y la subsiguiente dimisión de 'Dick, el tramposo' en 1974, jurando como el 38 presidente de EEUU.

El escándalo Watergate llevó a crear un comité del senado denominado Church —por el senador Frank Church—, destinado a examinar las operaciones encubiertas de la CIA, la NSA y el FBI para asesinar a líderes extranjeros; mientras que el presidente Gerald Ford tuvo que crear la denominada Comisión Rockefeller, con el objeto de responder a otras operaciones de la CIA y a la cuestión de la herida en la cabeza de Kennedy, tras la alarma suscitada por el visionado de la cinta Zapruder.

El 'Comité Church' descubrió, de hecho, que EEUU, a pesar del tratado secreto con la URSS, siguió realizando una serie de operaciones encubiertas en Cuba denominadas genéricamente 'Operación Mangosta', con el objetivo de asesinar a Castro y sabotear por todos los medios posibles su régimen comunista. Es decir, lo que se habían comprometido a no hacer con la URSS. Con todo, la Cámara de Representantes creó un Comité Selecto para el esclarecimiento del asesinato de JFK y Martin Luther King. A diferencia de la 'Comisión Warren' que resolvió el caso en diez meses, tardaron cuatro años, tiempo en el que tuvieron acceso a las pruebas y evidencias que los teóricos de la conspiración no pudieron. Su presidente, Robert Blakey, anunció las sorprendentes conclusiones en 1979: hubo cuatro disparos, no tres, y un segundo tirador, y por tanto, una posible conspiración.

La prueba fundamental consistió en la grabación de una de las radios de una de las motos de la policía de Dallas que acompañó al desfile. La radio se quedó encendida en el canal 1 hacia las 12.30, instantes antes del tiroteo y registró las detonaciones —unos pequeños impulsos— en la cinta de la central policial de Dallas. Comprobaron que fueron cuatro y no tres detonaciones. Las dos últimas eran prácticamente simultáneas, por lo que era imposible que fueran realizadas con el fusil de cerrojo de Oswald. Hicieron estudios de acústica basados en la posición de la moto y concluyeron que los tres primeros disparos procedieron de la sexta planta del edificio de Dallas, tal y como dijo la Comisión Warren, pero no el cuarto, que procedía de la valla del Grassy Knoll, con una «probabilidad del 96%». El Comité del Congreso respaldaba así el testimonio de testigos como Lee Bowers, que el FBI había rechazado 15 años antes y que afirmaban haber escuchado disparos e incluso destellos o humo desde aquella zona.

Sin embargo, los forenses consultados, aunque en su mayoría criticaron la forma en que se llevó a cabo la autopsia, coincidieron en lo esencial con todos sus predecesores: la herida de la cabeza que mató al presidente la provocó una bala disparada desde arriba y atrás, y el orificio de la garganta era de salida, consecuencia de una bala que había entrado por la parte posterior del cuello. Respaldaron la versión de la 'bala mágica' que había herido a Kennedy y Conally. En resumen, Oswald no era el único autor de los disparos, pero fueron sus dos balas las que hirieron y mataron a Kennedy. El cuarto disparo, del segundo tirador, simplemente falló.

¿Quién ayudó o dirigió a Oswald entonces?

Durante la presentación de las conclusiones del comité, Robert Blakey, explicó que, aunque no disponían de evidencias suficientes, el capo de la Mafia de Lousiana, Mississippi y Texas, Carlos Marcello, tuvo «los motivos y la oportunidad de hacerlo» y pedían al FBI que investigaran esta posibilidad. A título personal, Blakey dejó caer a la prensa que él creía que había sido una conspiración ordenada por la Mafia. Más tarde escribiría un libro explicando sus afirmaciones.

Ninguna de las investigaciones que han continuado el trabajo de Blakey, Garrison u otras posibilidades han podido ser demostradas, puesto que no se ha condenado a nadie por participar en la conspiración para matar al presidente. Sin juicio es imposible determinar qué ocurrió ya que sigue habiendo autores como Gerald Posner o Vincent Bugliosi, que respaldan la versión del asesino solitario. Aún así, la desclasificación de todos los documentos relativos al asesinato de Kennedy en 2017, tal y como establece la 'JFK Assassination Records Colllection Act' aprobada en 1992, parece que podría arrojar nuevos datos a un caso hasta ahora irresoluble al 100%. Entre ellos, los más de 1.000 documentos que aún no ha querido hacer públicos la CIA.

Fuente: El Mundo
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Sábado 6 de octubre de 1973. Oz C., oficial de la Fuerza Aérea israelí, hace guardia en una base al sur del país. El descanso del Shabat coincide con Yom Kipur, el día más sagrado del judaísmo. En otras palabras, Israel completamente paralizada. En la base de C. sin embargo, hay mucha tensión. "Sabíamos que los egipcios y sirios nos atacarían ese día. Pero la primera ministra israelí, Golda Meir, no quiso realizar un ataque preventivo por miedo a la protesta internacional. Pagamos un precio muy alto en vidas humanas", recuerda a ELMUNDO.es.

Tras la aplastante victoria en la Guerra de los Seis Días (67), Israel se sentía tan invulnerable que nadie veía posible una ofensiva árabe. "Es una posibilidad reducida", estimó la Inteligencia militar israelí a principios de los 70.

"Israel estaba más preocupada por los ataques terroristas palestinos", recuerda C., que durante la guerra se encargó de administrar el envío de cazas F-4 al encuentro con los Mig egipcios. "Fue la guerra más difícil en la historia de Israel. De rozar el gran desastre nacional, acabamos con una gran victoria militar llegando a 101 kilómetros de El Cairo y a varias decenas de Damasco. La tregua evitó una mayor humillación de los ejércitos de Siria y Egipto", afirma, reconociendo "el gran trauma" provocado en Israel.

En la mañana del 6 de octubre, Golda reunió a sus ministros ante las informaciones sobre el inminente ataque. El presidente de Egipto, Anuar Sadat, y de Siria, Hafez Asad, prometieron recuperar el Sinaí y el Golán, ocupados por Israel en la guerra del 67. Contingentes de otros países árabes acudieron a su llamamiento contra Israel en el 73. La sed de venganza del 67 necesitaba ser resuelta.



A las tres de la tarde, la radio pública israelí rompió el silencio en las ondas (debido a Kipur) con un boletín ya histórico: "El portavoz del Ejército informa que a las 14.00 de la tarde, fuerzas egipcias y sirias iniciaron un ataque en el Sinaí y los Altos del Golán...".

En concreto a las 13.47. Estalla la Guerra de Yom Kipur o la Guerra de Octubre. La última en la que Israel y los países árabes se enfrentan de forma abierta con tanques, aviones y carros blindados. La ofensiva árabe dinamitó la eufórica sensación de superioridad militar que se vivía en Israel, pero terminó con las tropas israelíes contraatacando en Egipto y Siria.

Sadat y la 'Victoria de Octubre'

Pese a los miles de muertos y a no recuperar el Sinaí por las armas, los egipcios se sentían vencedores y cada 6 de octubre celebran la victoria. Más allá de intentar borrar la huella del 67, sorprendieron al gran enemigo para recuperar Sinaí años después de los combates. "Los árabes habíamos perdido tres guerras con Israel, por lo que éramos muy pesimistas e inseguros", recuerda el actual ministro egipcio de Exteriores, Nabil Fahmy, en una entrevista a la documentalista norteamericana Yael Lavie. Tras el 67, los egipcios no dudaron en criticar a su Ejército y burlarse de sus oficiales. Algo que cambió radicalmente (hasta el día de hoy) gracias a ese 6 de octubre.

"No hay duda de que Egipto ganó la guerra del 73. Las guerras no son un partido de baloncesto donde cuenta el marcador puntual. Lo que cuenta es el balance final. Sin esta guerra, las negociaciones no hubieran sido posibles", declara Fahmy. Según Sadat, la guerra convenció a los dirigentes israelíes de la necesidad de negociar por el Sinaí.

Los regímenes árabes descubrieron un arma muy poderosa con la que poder presionar a Israel a través del bolsillo mundial: el petróleo.

El papel de Golda Meir

"Nunca podré perdonarme", lamentó la jefa de Gobierno. Para los israelíes, la guerra de Yom Kipur sigue siendo una dolorosa herida. La victoria final en términos militares fue acompañada por una indignación social que llevó a la creación de una comisión de investigación. Enfado por sus 2.656 soldados muertos y la actitud negligente del liderazgo antes del estallido de la guerra.

Ante la Comisión Agranat, Meir explicó que no ordenó un ataque preventivo al temer la reacción internacional que hubiera puesto en peligro la ayuda militar de Estados Unidos. A partir del 13 de octubre, Washington lanzó un decisivo puente aéreo armamentístico.

"Todos en su parcela se equivocaron un poco. No creo que alguien pueda levantarse y decir que no se equivoca", señaló Meir según documentos desclasificados ahora. Reconoció que no movilizó a los reservistas antes del ataque árabe por temor a enfrentarse a la cúpula militar. "No podía enfrentarme con el jefe de la Inteligencia militar o el jefe del Ejército. Habrían pensado que soy tonta".

También se criticó a Meir por no saber leer los mensajes de Sadat a favor de una negociación. "Para ella, Sadat era el enemigo y alguien no fiable", afirma Yigal Kipnis, autor del libro 'Hacia la Guerra', que cita unas palabras del secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, a la Dama de Hierro de Jerusalén: "Yo no quiero culpar a nadie, pero durante 1973 la guerra se pudo haber evitado".

La Inteligencia israelí lo considera el fallo más grande de su historia. "Lo tenemos presente en cada decisión que tomamos", nos dice un oficial, 40 años después.

El enfrentamiento bélico aceleró la vía diplomática hasta Camp David (79), en la que, a cambio del Sinaí, Egipto se convirtió en el primer país árabe en firmar la paz con Israel. En el 81, Sadat fue asesinado por un extremista islamista.

Moshe Dayan y la opción nuclear

El Wilson Center publica el testimonio de un ayudante del dirigente Israel Galili, en el que recuerda la reunión del Gobierno del 7 de octubre. Según él, el general Dayan, jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, estaba tan angustiado y preocupado por la existencia de su país que propuso lo que nadie se había atrevido antes: la opción no convencional. Las informaciones del frente dibujaban un panorama desolador y Dayan pronosticó "la destrucción del Tercer Templo" en alusión al fin de Israel.

Cuando la reunión tocaba su fin, Dayan lanzó la bomba: "Pensé que, como la situación es muy mala y no tendremos tiempo y muchas opciones, conviene que preparemos la exposición de la opción nuclear". La idea (¿se refería a su uso o a la amenaza de hacerlo para frenar a Egipto y Siria?), fue rechazada de inmediato por Meir. "Olvídate de eso", le dijo al famoso general y dirigente del parche en un ojo.

Fuente: El Mundo